El discurso de Eisenhower. Orígenes del complejo militar industrial (1960)

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Discurso de Dwight D. Eisenhower en el Despacho Oval

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, EEUU desmovilizó a la mayoría de su ejército convencional y comenzó a replantearse su estructura militar de cara a la Guerra Fría pero también de cara a las empresas de armamento que ya por entonces (y a tenor de lo visto a finales de los años 30), se consideraban fundamentales para el buen discurrir de la economía. Por otro lado, la paranoia suscitada por la propaganda anti soviética tras los éxitos del programa especial ruso, suscitó que EEUU comenzara a ver crecer de manera espectacular a mediados de los 50 una poderosa industria de alta tecnología militar apoyada por todo tipo de instituciones civiles, universidades y corporaciones. Ese crecimiento dio origen a grandes empresas relacionadas directa o indirectamente con el sector de la defensa. Estas industrias que eran provistas de enormes subvenciones estatales, comenzaron a crecer devorando cada año ingentes cantidades del presupuesto a través de lucrativos contratos privados que monopolizaban unas pocas firmas debido a sus cabildeos y relaciones con los partidos republicano y demócrata.

En 1960, el presidente Eisenhower terminaba su segunda legislatura y en su discurso de despedida, sorprendió a propios y extraños al hacer una amplia y directa referencia a este sector empresarial que denominó literalmente “complejo militar – industrial”.

En 1960, el presidente Dwight D. Eisenhower terminaba su segunda legislatura y en su discurso de despedida a la nación, sorprendió a propios y extraños al hacer una amplia y directa referencia a este sector empresarial que denominó literalmente “complejo militar – industrial”. Eisenhower dedico una buena parte de su último discurso en alertar sobre la grave amenaza que representaba para las estructuras democráticas del país esta industria y como se encontraba vinculada a la política del país. Según Eisenhower, el “complejo militar – industrial” estaba adquiriendo una desproporcionada influencia en la política del país lo que podría significar que en el futuro el sistema democrático entero estuviera cada vez mas influenciado y dirigido por este sector industrial.

A continuación se reproduce la parte del discurso de despedida en la que el concepto “complejo militar – industrial” se incorporó al diccionario de la “neolengua política” de la mano un testigo de primer orden.

“Hasta el último de nuestros conflictos mundiales, los Estados Unidos no tenían industria armamentística. Los fabricantes norteamericanos de arados podían, con tiempo y según necesidad, fabricar también espadas. Pero ahora ya no nos podemos arriesgar a una improvisación de emergencia de la defensa nacional; nos hemos visto obligados a crear una industria de armamentos permanente, de grandes proporciones. Añadido a esto, tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente implicados en el sistema de defensa. Gastamos anualmente en seguridad militar más que los ingresos netos de todas las empresas de Estados Unidos.

Esta conjunción de un inmenso sistema militar y una gran industria armamentística es algo nuevo para la experiencia norteamericana. Su influencia total (económica, política, incluso espiritual) es palpable en cada ciudad, cada parlamento estatal, cada departamento del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperativa de esta nueva evolución de las cosas. Pero debemos estar bien seguros de que comprendemos sus graves consecuencias. Nuestros esfuerzos, nuestros recursos y nuestros trabajos están implicados en ella; también la estructura misma de nuestra sociedad.

En los consejos de gobierno, hemos de evitar que el complejo militar – industrial adquiera influencia injustificable sean buscadas o no. Existe y existirán circunstancias que harán posible que surjan poderes en lugares indebidos, con efectos desastrosos.

Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos. No deberíamos dar nada por supuesto. Sólo una ciudadanía entendida y alerta puede obligar a que se produzca una correcta implicación entre la inmensa maquinaria defensiva industrial y militar, y nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas.

Similar, y en gran medida responsable por los profundos cambios de nuestra situación industrial y militar, ha sido la revolución tecnológica durante las décadas recientes. En esta revolución, la investigación ha tenido un papel central; también se vuelve más formalizada, compleja, y cara. Una proporción creciente de la misma se lleva a cabo bajo la dirección, o para los fines, del Gobierno Federal.

Hoy, el inventor solitario, trasteando en su taller, ha sido desplazado por ejércitos de científicos en laboratorios y campos de pruebas. De la misma manera, la universidad libre, la fuente histórica de las ideas libres y del descubrimiento científico, ha experimentado una revolución en la manera de llevar a cabo la investigación. En parte por las enormes cantidades que conlleva, un contrato con el gobierno se vuelve virtualmente el sustituto de la curiosidad intelectual. Por cada antigua pizarra hay ahora cientos de nuevos ordenadores electrónicos.

La perspectiva de que los académicos de la nación puedan llegar a estar dominados por el Gobierno federal, por la concesión de proyectos y por el poder del dinero, está más que nunca ante nosotros, y es un riesgo que debe considerarse muy seriamente. Aun teniendo el respeto debido a la investigación y los descubrimientos científicos, también debemos estar alerta ante el peligro contrario e igualmente serio de que la política que ha de velar por el interés público se vuelva cautiva de una élite científico-tecnológica.

Es tarea de los hombres de Estado dar forma, equilibrar e integrar a estas y otras fuerzas, nuevas y viejas, en el seno de los principios de nuestro sistema democrático — persiguiendo siempre los fines supremos de nuestra sociedad libre. Otro factor en el mantenimiento del equilibrio tiene que ver con el factor tiempo. Al atisbar el futuro de nuestra sociedad, debemos – vosotros y yo, y nuestro gobierno- evitar la tendencia a vivir únicamente para el día de hoy, saqueando por comodidad y facilidad los preciados recursos del mañana. No podemos hipotecar los bienes materiales de nuestros nietos sin arriesgarnos a que se pierda además la herencia política y espiritual que les dejamos. Queremos que la democracia sobreviva para todas las generaciones por venir, no que se transforme en el fantasma insolvente del mañana.

Por el largo camino de la historia que aún se ha de escribir, Norteamérica sabe que este mundo nuestro, que cada vez se vuelve más pequeño, debe evitar convertirse en una comunidad de horribles temores y odio, y ser, en cambio, una orgullosa alianza de confianza y respeto mutuo. Una alianza tal ha de ser entre iguales. Los más débiles deben venir a la mesa de conferencias con la misma confianza que nosotros, protegidos como estamos por nuestra fuerza moral, económica, y militar. Esa mesa, aunque marcada por las cicatrices de muchas frustraciones pasadas, no puede abandonarse en favor de la agonía segura del campo de batalla.

El desarme, con honor y confianza mutuos, sigue siendo un imperativo. Juntos debemos aprender cómo solucionar nuestras diferencias no con las armas sino con el intelecto y las intenciones decentes. Precisamente porque esta necesidad es tan vital y evidente, confieso que abandono mis responsabilidades oficiales en este campo con un claro sentimiento de decepción. Como alguien que ha sido testigo del horror y la tristeza que deja la guerra — como alguien que sabe que otra guerra podría destruir totalmente esta civilización que se ha construido tan lentamente y con tantos sacrificios a lo largo de miles de años — desearía poder decir esta noche que hay una paz duradera a la vista.

Felizmente, puedo decir que se ha evitado la guerra. Se ha llevado a cabo un progreso continuado hacia nuestra meta última. Pero queda tanto por hacer. En tanto que ciudadano particular, nunca dejaré de hacer lo poco que pueda para ayudar al mundo a avanzar por ese camino. …”

Fuentes

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Creador de Piratas y Emperadores en 2003. Ingeniero informático creador de la web texacotoxico.org, proyecto a iniciativa de Pablo Fajardo en demanda de reconocimiento e indemnizaciones a los afectados por la grave contaminación provocada por Texaco (Chevron) en Ecuador.

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