Mussolini, el dictador enviado por la providencia para salvar a la Iglesia (1929)

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El Vaticano y la Italia fascista

El origen de la controversia. El Risorgimento

En 1870, la Iglesia católica perdía su control sobre los Estados Pontificios a manos del reino del Piamonte en el marco del proceso de Reunificación de Italia, un conflicto político, social y  militar que se desarrolló durante varias décadas y que es conocido como el Risorgimento (Resurgimiento). Víctor Manuel II, rey de Italia, había casi había completado el proceso de reunificación en 1870. Sólo faltaba una pieza, Roma que hasta el 20 de septiembre de 1870, era el único Estado en el que el papa seguía reinando como monarca absoluto e infalible. Pero esa situación no a iba a durar demasiado y la culminación de la reunificación italiana terminaría con siglos de reinado absoluto del papado sobre Roma, reinado que se remonta al año 754, cuando el rey de los francos Pipino el Breve, cruzó los Alpes en ayuda del papa Esteban II para expulsar a los lombardos de Italia, dando al papado los territorios conquistados que incluían Roma, el llamado ducatus Romanus y más de veintidós ciudades.

En septiembre de 1870, Roma era el único Estado en el que el papa seguía reinando como monarca absoluto e infalible. Pero incluso Roma se perdería para el papado después de siglos de completa dominación.

El 20 de septiembre de 1870, el rey Víctor Manuel II aprovechó la oportunidad que le brindaba la guerra franco-prusiana para ordenar la toma de Roma. El emperador francés Napoleón III había retirado la guarnición que mantenía en la ciudad en apoyo del papa y aunque Pio IX siempre tuvo esperanzas de que Napoleón le enviaría ayuda, en esta ocasión no recibió ayuda alguna y sólo le quedó enfrentarse al acto final, la rendición escenificada mediante la entrega y firma del protocolo que estipulaba las condiciones y que le fue entregado al general Kanzler, comandante en jefe de las fuerzas papales.

El rey Víctor Manuel II le ofreció al Pio IX un tratado consistente en una generosa indemnización por la pérdida de los Estados Pontificios y el mantenimiento de su figura como gobernante del Vaticano. Pero el papa no estaba dispuesto a convertirse en súbdito de Víctor Manuel y ante la negativa del papa, el ejército italiano asaltó y ocupó Roma. Pio IX se refugió en la basílica de San Pedro mientras el último de los Estados Pontificios desaparecía de iure. Durante los siguientes 60 años, la Iglesia recuperaría poco a poco su poder tanto espiritual como temporal pero para conseguirlo pudo haber firmado un pacto con el diablo [1]

Un Papa prisionero en su propio palacio

Víctor Manuel II proclamó a Roma como la capital de su reino mientras Pio IX se declaraba “prisionero del Estado italiano” en el palacio del Vaticano. El papa se negaba a reconocer al reino de Italia y a establecer relaciones diplomáticas. Excomulgó al rey y prohibió a todos los católicos la participación en la vida política italiana incluyendo el sufragio. Mediante la disposición ‘non expedit’ promulgada en Septiembre de 1870, Pío IX declaraba a todos los católicos la conveniencia (expedit) de no votar y llamaba a boicotear cualquier cooperación con el Estado. El conflicto entre la iglesia católica y el Estado italiano se convirtió con el tiempo en la llamada “Cuestión Romana”, un pulso “diplomático” que buscaba el reconocimiento del “poder temporal” de la iglesia en sus antiguos territorios y en Roma así como sus enormes privilegios, un pulso que se mantuvo durante 60 años hasta que “providencialmente” en 1929, Benito Mussolini, un ateo declarado, rescataba a la iglesia católica de su estado de ruina y decadencia.

¿Un pacto divino o un pacto con el diablo?

En febrero de 1929 se firmaban los que serían conocidos como Pactos de Letrán, unos acuerdos entre la Santa Sede y el Estado fascista italiano de Benito Mussolini, acuerdos por los que se creaba el actual Estado de la Ciudad del Vaticano, reconociéndose su soberanía e independencia para “restaurar a Dios en Italia y devolver Italia a Dios”. [2] Los pactos de Letrán habían sido un arduo camino de negociaciones y gestos de Mussolini a la Santa Sede. Sirva de referencia que 4 años antes, en 1925, el Partido Popular Italiano (fundado por el sacerdote católico Luigi Sturzo) había sido ilegalizado por el régimen fascista con el visto bueno del papa que había instado a sus miembros a la disolución. Un mes después de los pactos, durante las elecciones italianas de marzo de 1929, la Santa Sede hacía “campaña” entre los católicos italianos abiertamente en favor de los fascistas. No mucho tiempo después sucedería algo similar en Alemania cuando el principal partido político católico alemán, el Zentrum (el Partido de Centro del ex canciller Heinrich Brüning), fue obligado a disolverse aceptando los plenos poderes de Hitler, permitiendo así los acuerdos entre el régimen nazi y el Vaticano que formalizaron bajo el nuevo concordato firmado en 1933.

En octubre de 1926, el cardenal Merry del Val, que había ocupado el cargo de secretario de Estado con Pío X y en ese momento tenía una posición de gran responsabilidad en el Vaticano, declaró abiertamente su “agradecimiento a Mussolini, que sostiene en sus manos las riendas del gobierno en Italia. Con su perspicaz visión de la realidad ha deseado y desea que la religión sea respetada, honrada y practicada. Visiblemente protegido por Dios, ha mejorado sabiamente la fortuna de la nación, incrementando su prestigio en todo el mundo” [3].

Las tres partes de los pactos de Letrán

Los pactos de Letrán estaban divididos en tres partes:

  1. El concordato. Eran los tratados que estipulaban cuales serían las relaciones entre la Iglesia y el Estado italiano, en aquel momento la dictadura de Benito Mussolini, devolviendo al Vaticano la jurisdicción en torno a las organizaciones religiosas en Italia así como declarando al catolicismo religión oficial, prohibiéndose cualquier otra religión o que el gobierno italiano asumiera  los salarios de los sacerdotes.
  2. La soberanía del Estado vaticano. En él, se reconocía la soberanía de la Ciudad del Vaticano que incluía además del recinto vaticano, las tres basílicas de Roma (Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo), la residencia de verano del papa (el palacio de Castelgandolfo) y diversas fincas a lo largo de Italia. Además, el segundo apartado conllevaba el establecimiento automático de relaciones diplomáticas entre el Estado de la Ciudad del Vaticano y la Italia de Mussolini.
  3. Disposiciones económicas y financieras. El tercero y último de los acuerdos, regulaba los aspectos económicos y financieros de la Santa Sede, una serie de disposiciones que en un periodo muy breve, llevó a la iglesia de la ruina y la bancarrota, a obtener una considerable cantidad de capital y riquezas procedentes tanto del Estado italiano como de todo tipo de donaciones.

El gobierno “fascista y ateo” de Benito Mussolini se plegó a todas las exigencia de la Santa Sede, incluyendo el pago de los salarios de los sacerdotes. Para Mussolini el precio pagado bien valía la pena.

Como ya se ha indicado, las negociaciones de los acuerdos se prolongaron durante años realizándose en el más absoluto secreto. Pio XI se encargó de realizar personalmente las correcciones de los borradores que se realizaban en la misma imprenta del Vaticano debido a que, según el papa, “Hay casos en que la presencia o ausencia de una coma puede modificar todo el contenido” [4]. El secretismo era tal, que los operarios de la imprenta vaticana fueron retenidos como prisioneros para evitar que dieran a conocer las negociaciones en curso y sólo fueron liberados una vez se oficializaron los acuerdos.

La admiración de la Iglesia y del mundo “civilizado” por el fascismo de Mussolini

Pio XI se declaraba a menudo y públicamente un entusiasta de Benito Mussolini, tanto o más que otras destacadas figuras contemporáneas de todos los ámbitos sociales y políticos incluyendo personajes tan variopintos como Winston Churchill, H. G. Wells, Gandhi e incluso ciertas figuras de sectores progresistas y de izquierda como W. E. B. Du Bois o el socialista fabiano George Bernard Shaw [5]. La admiración de Winston Churchill [A] por Mussolini no llegaba a alcanzar a la mismísima providencia aunque el “carnicero de Galipoli” no escatimó elogios hacia su persona. Se había quedado prendado del Duce como reconoció posteriormente gracias a su “comportamiento sencillo y amable“, una cercanía que se puede constatar en las bien conocidas cartas que intercambiaron ambos líderes durante la Primera Guerra Mundial guerra y que el premier británico quiso ocultar a cualquier precio una vez finalizado el conflicto. Las palabras que le dedicó en Roma el 20 de enero de 1927 siguen siendo bastante clarificadoras sobre la cercanía de Churchill al dictador fascista. En 1924, Churchill como ministro de Hacienda y mientras editaba el diario del gobierno British Gazette, remarcó como “…el régimen fascista de Benito Mussolini ha rendido un servicio al mundo, pues ha enseñado como se combaten la fuerzas de la subversión…“.

Figuras de sectores progresistas y de izquierda como W. E. B. Du Bois o el socialista fabiano George Bernard Shaw, se deshicieron en elogios hacia Mussolini.

Otro célebre socialista fabiano H. G. Wells, clamó por la llegada del “fascismo progresista” ante la decadencia del mundo “enfermo de política parlamentaria. El dramaturgo y premio Nobel, George Bernard Shaw, se deshizo en elogios públicamente tanto a Mussolini como a Hitler y Stalin ya que según Shaw, los dictadores “hacían cosas” [6]. Otro importante personaje de izquierdas de la época, el afroamericano Du Bois, abogaba sorprendentemente por el fascismo como “absolutamente necesario para poner el Estado en orden” e incluso llegó a dar un discurso en Harlem en favor del nacional – socialismo en fecha tan tardía como 1937 destacando como “En algunos aspectos, en Alemania hay más democracia hoy que en años anteriores. La admiración por los dictadores fascistas también alcanzó a Gandhi que consideraba a Mussolini “un verdadero superhombre, alguien inalcanzable, el nuevo Mazzini de Europa y se declaraba “su sincero amigo” en una carta reconociendo que no consideraba “a Hitler un ser tan malo como parece o representa” porque según el Mahatma, estaba “mostrando una capacidad increíble consiguiendo victorias sin demasiado derramamiento de sangre” [7].

La visión de Pio XI sobre Mussolini

Pio XI creía en Benito Mussolini como una persona enviada por Dios para salvar a la iglesia católica de su penosa situación política, diplomática y sobre todo económica. No dudó en calificar al Duce como “un hombre de la Providencia” [8] a quien en 1932 se le concedió una de las distinciones más altas que otorga el Vaticano, el título de Caballero de la Orden de la Espuela de Oro [9]. Tras la firma de los acuerdos que coincidieron con las celebraciones de los 50 años del ordenamiento sacerdotal de Pío XI, el papa reconocía como “Nosotros también hemos sido muy favorecidos: se necesitaba un hombre como el que la Divina Providencia puso en nuestro camino” [10].

En el ámbito internacional, el papado de Pio XI se caracterizó por prestar su apoyo político y espiritual a las aventuras coloniales de los fascistas en África, ya fuera en Libia o en Etiopía (Abisinia) ambos, territorios que sufrieron grandes calamidades durante la invasión y la ocupación posterior. Pio XI bendijo la anexión italiana de Libia y Etiopía así como la italianización de las misiones cristianas en el África oriental italiana, justificando todo el proceso como un “triunfo de los buenos” [11]. Entre los “buenos” de Pio XI, se encontraba el Mariscal Rodolfo Graziani, el cual, recibió todo tipo de elogios del papa al conocerse sus hazañas en Etiopía, hazañas por las que recibió el sobrenombre de, “el carnicero”. [12]

Pero a pesar del apoyo oficial del papado a la guerra [13], muchos sectores católicos del mundo occidental e intelectuales cristianos de todo tipo, se sintieron profundamente escandalizados por la actitud de la Santa Sede, no tanto por que el papa apoyara decidida y públicamente la brutal campaña militar que en 7 meses causó la muerte a más de 275 000 etíopes y la anexión del territorio a Italia, sino más bien estaban escandalizados según el historiador John Pollard por como la alianza entre el régimen fascista de Mussolini y la Iglesia católica estaba desacreditando a esta como Estado neutral. Las atrocidades cometidas durante la campaña militar no tuvieron repercusión alguna en la ciudad eterna, una invasión que incluyó el uso de armas químicas por parte del mariscal Pietro Badoglio mediante bombardeos aéreos, tanto contra combatientes como contra civiles, unos hechos por los que nunca sería juzgado ni repudiado política o religiosamente.

La Santa Sede bendijo la brutal campaña militar italiana en Etiopía que en 7 meses causó la muerte a más de 275 000 etíopes y la anexión del territorio a Italia.

Los militares italianos llevaron a cabo ataques deliberados contra ambulancias y hospitales de la Cruz Roja según informes de la época pero nada de esto parecía importar en la Italia de Mussolini y Pio XI pues la victoria italiana en Etiopía, desató un enorme júbilo en la capital el 9 de mayo. Tanto el papa como Winston Churchill enviaron sus felicitaciones al conocerse el éxito de la campaña italiana que como ya se ha dicho, incluía la anexión de dicho territorio.

Durante la campaña de Etiopía, las empresas que controlaba el Vaticano (como Reggiane, Compagnia Nazionale Aeronáutica y Breda), se convirtieron en las principales suministradoras de armas y municiones del ejército italiano. Gracias a esta y a otras concesiones, el Vaticano amasó en poco tiempo una gran fortuna. En palabras de Anthony Burguess, “La velocidad a la que el Vaticano se había enriquecido era positivamente obscena, tan innatural como una filmación a cámara rápida en la que se ve en pocos segundos cómo una semilla de mostaza se convierte en un árbol con pájaros cantando en sus ramas”. [14]

La colaboración entre la Santa Sede y el régimen fascista continuó siendo una alianza sólida de conveniencia cuyo principal objetivo final era la “contención” del comunismo, la mayor amenaza a la que la Iglesia católica entendía que se enfrentaba y si para ello tenía que aceptar y guardar silencio por ejemplo, ante el establecimiento de leyes racistas antijudías (como en Italia en el año 1938), la Santa Sede no dudaría en hacerlo como hizo lo propio en relación a los judíos alemanes o con las atrocidades de los muy católicos ustachas croatas. Un año después del establecimiento de leyes antijudías en Italia por Mussolini, se nombraba un nuevo papa, Pio XII, el cual iría aún mucho más lejos que su predecesor en la alianza del Vaticano con los totalitarismos.

La providencia explicada en términos más mundanos

El calificativo de Pio XI en torno a la providencia mussoliniana, puede entenderse de una forma bastante más práctica y pragmática como una conjunto de factores que convergían a mediados de los años 20 para favorecer los intereses políticos y económicos tanto del Vaticano como de Mussolini. Los fascistas necesitaban llegar a calar profundamente entre los católicos, una poderosa fuerza en Italia de la que Mussolini ya había advertido su enorme importancia [B] y que aún no habían conseguido, mientras que la Iglesia católica necesitaba angustiosamente el reconocimiento de su entidad política como Estado y su liderazgo espiritual como primer paso para recuperar su poder político e influencia en el mundo. Parece claro que al menos a largo plazo, la Iglesia católica obtuvo los mayores réditos políticos, económicos y religiosos de los Pactos de Letrán, algo que le permitió recuperar una parte sustancial del poder perdido en 1870.

Los fascistas necesitaban llegar a calar profundamente entre los católicos, una poderosa fuerza de la que Mussolini ya había advertido su importancia.

Además, la Santa Sede fue generosamente indemnizada por la pérdida de los territorios pontificios mientras que la religión católica fue reconocida como la única en toda Italia. Mussolini incluso se plegó a permitir que la Santa Sede impusiera en toda Italia su código de leyes, el derecho canónico, quedando así eclesiásticos italianos y otros laicos bajo su única autoridad jurídica. Mussolini también se plegó a que el Estado italiano abonara los salarios de los sacerdotes y tuvo multitud de gestos favorables a la Iglesia, como las leyes que declaraban ilegal la masonería, la subvención mediante fondos públicos de instituciones eclesiásticas que se encontraban al borde de la quiebra o la exención de impuestos tanto a la Iglesia como a sus miembros.

Se da la paradoja que la Iglesia católica, una vez perdido su poder a manos del Piamonte, declaró que el mundo moderno era la mismísima “encarnación del diablo” porque este le había privado de sus tierras y riquezas así como de toda la estructura que había permitido al papado, ejercer una enorme influencia sobre el mundo cristiano y los reinos, naciones e imperios europeos. Como se ha visto, poco a poco la Iglesia recuperó su poder tanto espiritual como temporal gracias a un dictador fascista que no sólo se declaró ateo sino que fue responsable de imponer un estado de terror tanto en Italia como en las colonias italianas, con resultados humanos devastadores que parecieron no importar lo más mínimo tanto a católicos como al mismo papa.

Una vez que la soberanía de la Iglesia católica fue reconocida, el Vaticano reconoció también al mundo moderno entrando de lleno en la política internacional, hablando de igual a igual con las potencias mundiales y alzando la voz cada que la Santa Sede consideraba que sus intereses espirituales o “temporales” (materiales) se veían amenazados. En resumen, la Iglesia católica es hoy lo que es gracias a los Pactos de Letrán, una alianza de conveniencia entre la Santa Sede y el gobierno fascista y totalitario de Benito Mussolini, el “hombre enviado por la Providencia” para rescatar a la Iglesia católica.

Fuentes

Anexo

Citas

  • [A] “Hablando en Roma el 20 de enero de 1927, Churchill sólo tenía palabras para alabar a los fascistas:’No puedo sino estar encantado, como muchas otras personas lo han estado, por el comportamiento sencillo y amable del señor Mussolini y por su calma, por su aplomo e imparcialidad, a pesar de las muchas cargas y peligros que soporta. En segundo lugar, cualquiera podría ver que él no pensaba en nada excepto en lo eterno del pueblo italiano, como él lo entendía, y que lo que menos le interesaba eran las consecuencias esto le pudiera acarrear. Si yo hubiera sido italiano, estoy seguro de que habría estado entusiasmado con usted desde el principio hasta el final, por su lucha triunfal contra los apetitos y pasiones bestiales del leninismo. Sin embargo, diré una palabra sobre un aspecto internacional del fascismo. Externamente, su movimiento ha prestado un servicio a todo el mundo. El gran temor que siempre ha rodeado a todo líder democrático o líder de la clase obrera ha sido el de ser minado por alguien más extremo que él. Italia ha demostrado que existe una forma de luchar contra las fuerzas subversivas, que puede aglutinar a la masa de la población, dirigirla adecuadamente, valorar y desear la defensa del honor y la estabilidad de la sociedad civilizada. De aquí en adelante, ninguna gran nación estará desamparada de un medio fundamental de protección contra el crecimiento cancerígeno del bolchevismo’“.
    [La amenaza del fascismo. Qué es y cómo combatirlo. Ted Grant (1948). http://www.elmilitante.org/teora-marxista-principal-177/teora-principal-183/4355-la-amenaza-del-fascismo-qu-es-y-cmo-combatirlo.html]
  • [B] En 1922, tras la elección de Pío XI como papa y ante la inmensa multitud que lo esperaba en la plaza de San Pedro, Mussolini comento : “Mira esta multitud de todos los países del mundo. ¿Cómo es que los políticos que gobiernan las naciones no se dan cuenta del inmenso valor de esta fuerza internacional, de este poder espiritual universal?». Así que, a pesar de su declarado ateísmo, Mussolini no deseaba destruir lo que existía, sino ir, progresivamente, modificándolo, reinterpretándolo, hasta conseguir que un día se transformase en una cosa muy distinta y en una religión con un contenido muy diferente. Mussolini se refería a esto como: «Roma, donde Cristo es romano”.
    [The Pope in Politics. William Teeling]
  • En su Carta Pastoral del 19 de octubre [de 1935] el obispo de Udine [Italia] escribió: ‘No es ni oportuno ni apropiado que nosotros decidamos qué hay de correcto o qué de incorrecto en este caso. Nuestro deber de italianos, y, más aún, de “cristianos”, es contribuir al éxito de nuestras armas’. El obispo de Padua escribió el 21 de octubre: ‘En las horas difíciles que vivimos, les pedimos que tengan fe en nuestros estadistas y en nuestras fuerzas armadas’. El 24 de octubre el obispo de Cremona consagró varias banderas de regimientos y dijo: ‘Bendiga Dios a estos soldados que conquistarán nuevas y fértiles tierras para el genio italiano en suelo de África, llevando así a ellas la cultura romana y cristiana. Que Italia se convierta de nuevo en el mentor cristiano de todo el mundo’”.
    [The Vatican in the Age of the Dictators. Anthony Rhodes]
  • El hecho de que la curia haya hecho las paces con el fascismo muestra que el Vaticano confía en las nuevas realidades políticas mucho más de lo que lo hizo en la antigua democracia liberal, con la que no pudo llegar a un acuerdo […]. El hecho de que la Iglesia católica haya llegado a un acuerdo con la Italia fascista prueba más allá de toda duda que el mundo de las ideas fascistas está más cerca de la cristiandad que del liberalismo judío o incluso el ateísmo marxista“.
    [Adolf Hitler. Volkischer Beobachter, 22 de febrero de 1929]
  • Creo que el catolicismo podría ser utilizado como una de nuestras más potentes fuerzas para la expresión de nuestra identidad italiana en el mundo”.
    [The American Pope: The Ufe and Times of Francis Cardinal Spellman. John Cooney. Times Books, Nueva York, 1984]
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Creador de Piratas y Emperadores en 2003. Ingeniero informático creador de la web texacotoxico.org, proyecto a iniciativa de Pablo Fajardo en demanda de reconocimiento e indemnizaciones a los afectados por la grave contaminación provocada por Texaco (Chevron) en Ecuador.

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