Nelson Mandela, la construcción de un mito

Nelson Mandela fue uno de los líderes políticos más influyentes y carismáticos del siglo XX. Si hubo un país y un dirigente que simbolizaron la esperanza de un mundo mejor gobernado y gobernado por gobernantes sensibles a las injusticias sociales, esa fue la nueva Sudáfrica de Nelson Mandela.

Una de las principales virtudes de Mandela residió en sus iniciativas políticas al salir de su encarcelamiento, iniciativas basadas en un nuevo pensamiento orientadas a formar un compromiso en negociar la paz, la integración étnica y la reconciliación en un estado pluriétnico con todos los riesgos y retos que esta vía planteaba.

No obstante, los cuatro años en el poder de Nelson Mandela y su legado, representan una cara bien diferente de la del luchador incansable por la justicia social, un cambio podría decirse, radical – pragmático en su pensamiento sobre cómo gobernar Sudáfrica, un pensamiento muy alejado de las ideas que tanto defendió antes de alcanzar la presidencia.

De hecho, su encarcelamiento es generalmente descrito por motivos «políticos» o por su «activismo», y nunca se ha expuesto el alcance de la verdadera participación de Mandela en atrocidades terroristas de diverso tipo en Angola, y en la propia Sudáfrica, todas ellas envueltas en el halo de «lucha por la libertad». Su figura de «preso político» dista mucho, pues, de la verdadera imagen escondida y reconstruida por líderes mundiales y medios de comunicación en los años 80. [D]

Este artículo no pretende enumerar sus bien conocidas virtudes y logros, sino que busca exponer su lado menos conocido y publicitado, un lado más pragmático, realista, muy oscuro en sus inicios, un lado muy alejado de ese idealismo original de paz, un idealismo revolucionario transformado en la aplicación de políticas nacionales e internacionales totalmente contrarias a ese pensamiento que tanto defendió de «justicia universal» y respeto a los derechos humanos.

Mandela y el general Suharto. Amigos «muy cercanos»

Una de las primeras controversias de Nelson Mandela es la visita que realizó a Indonesia un año después de su liberación, el país donde las reclutas del ejército deben ser vírgenes. Como más tarde se confirmó extraoficialmente, la visita tenía el objetivo de obtener ayuda económica del presidente indonesio para financiar al partido de Mandela, de cara a las elecciones presidenciales. La prensa informó que la visita tenía únicamente el objetivo de extender las relaciones políticas y diplomáticas, e interceder en favor del líder timorense Xanana Gusmao, en el marco del brutal conflicto militar que Indonesia continuaba desarrollando contra Timor Oriental, conflicto que en sus inicios, se cobró más vidas timorenses en proporción a su población que el genocidio de Pol Pot (La invasión indonesia de Timor se había iniciado en 1975 y más de un tercio de la población fue asesinada o falleció por inanición en los primeros años). [1]

Pero ni la situación en Timor Oriental, ni las ideologías antagónicas que ambos líderes habían defendido durante la Guerra Fría, impidieron que entre Mandela y Suharto se formara una relación muy estrecha, tan estrecha que Mandela lo definió a la prensa como un «amigo muy cercano». Mandela recibió del presidente indonesio un batik (prenda tradicional indonesia de vivos colores) que, como es bien conocido, acabó vistiendo en buena parte de sus reuniones internacionales en recuerdo de su amigo y de la importancia que tuvo para financiar al CNA y ganar las elecciones.

Suharto y Nelson Mandela
Suharto y Nelson Mandela. Fotografía: IG @cendana.archives.
Nelson Mandela impone la medalla del Cabo de Buena Esperanza, la más alta distinción nacional
Nelson Mandela impone la medalla del Cabo de Buena Esperanza, la más alta distinción nacional.

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En 1990, Mandela acudió al Aarón Davis Hall de Harlem para ser entrevistado por diversos periodistas en un formato poco usual conducido por Ted Coppel de ABC News. Jaleadas y aplaudidas todas y cada de sus intervenciones por un público más propio de un mitin político, Mandela expuso toda una serie de controvertidas respuestas a incómodas preguntas. Al ser preguntado sobre si los gobiernos de Gaddafi o Mugabe eran un ejemplo de derechos humanos, Mandela se limitó a responder, «Uno de los errores de tener ese tipo de análisis político es pensar que ellos son enemigos, que deben ser nuestros enemigos». [19] para rematar expresando que «No tenemos tiempo para fijarnos en los asuntos políticos internos de otras naciones». [20]

Mandela expresó también toda una serie de mitos políticos, como por ejemplo que «para cualquiera que cambia sus principios en función de con quien trate, no es un hombre que pueda liderar a una nación». [21] Pero como se ha expuesto a lo largo del artículo, los principios fundamentales del CNA y de Mandela que hicieron famoso al movimiento durante el Apartheid, fueron sistemáticamente abandonados, adoptándose otros de orientación política y diplomática bien diferentes, como fue el apoyo y consolidación de relaciones con cleptócratas, dictadores e instituciones neoliberales internacionales.

El cambio político «pragmático» de Nelson Mandela se tradujo también en aceptar la Medalla de Oro del Congreso estadounidense, a pesar de que «los 10.000 largos días» que pasó en prisión fueron gracias a la transmisión de información clave de la CIA a las autoridades sudafricanas para capturarlo, [22] algo que resulta también chocante teniendo en cuenta como Mandela calificó a EEUU en sus propias palabras: «Si hay un país que ha cometido atrocidades indecibles en el mundo, son los Estados Unidos de América. Ellos no se preocupan por los seres humanos». [23]

Por todo lo anteriormente expuesto, la figura de Nelson Mandela debería ser reconsiderada, evitando destacar exclusivamente sus esfuerzos para la paz al salir de prisión, una forma simplista y a menudo bastante oportunista de tratar su trayectoria política. Esta es una de las formas en que los medios de comunicación tradicionales e incluso algunos «medios de izquierdas» acostumbran a tratar los «mitos políticos», haciendo una defensa cerrada de su figura y un silencio atronador de su presidencia y legado, que como se ha visto, no ha traído (y probablemente no lo haga) a Sudáfrica las mejoras prometidas por el CNA y el propio Mandela al final del Apartheid.

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